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Mientras trabajaba en su anticuada máquina de escribir, marca Hammond, en el estudio del desván, mientras registraba, con esfuerzo y detalle, la historia de la primera y de la segunda Edad de la Tierra Media, el profesor Tolkien debió parecerse al mismísimo Bilbo Bolsón de Rivendell, el acucioso cronista de las fantásticas aventuras que relata en el Libro Rojo de la Marcha hada el Oeste. La habitación era fiel reflejo de un autor a quien su amigo C. S. Lewis describió una vez con estas palabras: "un gran hombre lleno de dilaciones y exento de método". Había libros por todas partes, en pilas y en estantes. Los estantes también tenían filas y filas de latas de tabaco de cubierta oscurecida. Desparramados o bien amontonados en cajones, había papeles llenos de genealogías, historias y borradores sobre los elfos. En el escritorio, instalado de modo muy visible, descansaba un gran reloj azul, de cuerda, con alarma, para recordar a Tolkien sus citas y entrevistas. Un "polvo de lo más distinguido", como lo llamaba Tolkien, lo cubría todo.
De la moldura de la ventana colgaba un mapa de la Tierra Media, en el cual se advertían, con tinta azul, los viajes de Bilbo y de Frodo. Sobre la puerta que daba al jardín había un cuerno cafre de pólvora, de Sudáfrica, y en el suelo, junto al escritorio, yacía una vieja y muy viajada valija de colores apagados que alguna vez fueron los de la piel de antílope. En cierta ocasión un visitante le preguntó qué contenía esa valija. Sonrió Tolkien. "No está allí por ninguna razón particular, excepto que allí dentro están todas las cosas que alguna vez quise responder. Pero ya he olvidado las preguntas."
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